jueves, 28 de febrero de 2013

EL ESCONDITE DE LOS ERRORES.


        Siempre nos gusta compartir el conocimiento que adquirimos con los demás. La vocación de Prossem no es otra que dotar a las personas de recursos mentales y emocionales que nos permitan alcanzar mayores cimas de calidad de vida. Y creemos que lo podemos lograr mediante talleres, procesos de Coaching y en algunos casos, a través de tratamientos psicológicos.

        Otro medio que tenemos son las redes sociales y este blog. Y en estas líneas ya hemos hablado de las ilusiones cognitivas y hoy, una vez más, vamos a tratar de ellas. ¿Por qué esta importancia?

        Varias son las razones que nos llevan a insistir en dar a conocer qué son y cómo funcionan las ilusiones cognitivas. La primera de ellas es que son la madre de muchas creencias disfuncionales sobre el mundo, y nos llevan a interpretar de forma errónea emociones propias y ajenas, así como influir en nuestro comportamiento. La segunda es que nos llevan a tomar decisiones que pueden ser equivocadas. La tercera, es que impiden las funciones de “ordinazing” (hacer de algo un evento ordinario, común, diario), dar sentido y crear nuevas narrativas eficaces, funciones propias de la psicoterapia, y por último, dificultan el autoconocimiento. Conocer las ilusiones cognitivas permite diseñar programas de comportamiento eficaces que se pueden aplicar, entre otros, a la toma de decisiones en medicina, a la lucha contra la corrupción o el fraude, a la mejora de la asignación de recursos económicos y en el tratamiento cognitivo de muchos trastornos mentales.

        Las ilusiones cognitivas son generales, se encuentran en todos los seres humanos. Son sistemáticas, es decir, se pueden reproducir casi exactamente en muchas situaciones similares. Una de sus características más importantes es que son orientadas, producen sus efectos siempre en una misma dirección, no se trata de opiniones. Son específicas, se dan en ciertos problemas con unas características concretas, no siempre. Son independientes de la inteligencia y la cultura de las personas, externamente modulables (es la habilidad de una persona la que nos hace caer en ellas), son subjetivamente incorregibles (aunque avises a la persona de la situación, no es suficiente para que desaparezca la tendencia a cometer errores) y son no transferibles, lo que significa que aunque las conozcamos, si nos presentan una situación superficialmente distinta a las que las provocan, no solemos resolverlos correctamente.

        Las ilusiones son producto de nuestra evolución, de cómo el cerebro ha resuelto los problemas de la supervivencia y la reproducción a lo largo de miles de años de evolución, por lo que están incluidas en nuestro código genético. Los errores que provocan no son los propios de la falta de preparación, de la distracción o desequilibrios emocionales.

        Conocerlas nos previene de ser personas convencidas pero equivocadas. Y aprender se aprende haciendo. Las ilusiones más frecuentes son el exceso de confianza, pensamiento mágico o correlaciones ilusorias, las opiniones a posteriori o efecto “yo ya lo sabía”, el anclaje, la fácil representabilidad, la incapacidad de calcular probabilidades y la manipulabilidad de las creencias a través de guiones.

         Hoy en día, tenemos la capacidad de acceder a mucha información gracias a internet. La mayoría de los periódicos tienen edición digital. Y un buen ejercicio es observar cómo usan nuestros periodistas, políticos o empresarios las ilusiones para crear opinión a favor de unos o de otros, o como ellos mismos caen en los errores que predicen. Les proponemos que lo hagan, que relean los post en los que las hemos comentado y busquen situaciones en su vida en las que quienes las sufren somos nosotros mismos.

        Conocernos, ver cómo somos realmente, nos ayudará a crear historias de nuestras propias vidas que sean eficaces, que doten de sentido a lo que hacemos, que nos permitan alcanzar los objetivos, tanto conscientes como inconscientes, satisfacer nuestras necesidades reales, y por tanto, crear personas plenas, conscientes, en una sociedad deseada por todos.

jueves, 21 de febrero de 2013

ACERCA DE LA HONESTIDAD.


      Vivimos un tiempo convulso, con cambios a gran escala y a mucha velocidad. Un mundo en el que la predictibilidad del ambiente que nos rodea es cada vez menor, la sensación de control va desapareciendo poco a poco, y donde parece que la crisis es más estable que algo pasajero. Vivimos, en fin, en un mundo que promueve la tensión, el enfrentamiento, la presión y la enfermedad. Como dice una ley cibernética: “si a un sistema le metes ruido, de él saldrá ruido”.

        Para muestra un botón. En los últimos días nos encontramos con ejemplos de mentira y deshonestidad que nos hacen dudar de todo. Casos de corrupción en todos los estratos de la vida política, empresarios grandes y pequeños que defraudan, los informativos que en lugar de informar, manipulan o los creadores de opinión. Nos encontramos que se usan los hechos más significativos, aquellos que llaman la atención o que están con más frecuencia en los medios (lo que implica que esos mismos hechos estén más accesibles en la mente) para justificar cualquier conducta, movimiento social o corriente de opinión. Y no comprobamos, con datos públicos como los de INE u otras fuentes privadas, si es correcto lo que nos dicen o si las conductas están soportadas por argumentos aceptables, relevantes y solventes. Desde estas líneas hemos advertido del peligro de confundir una correlación con causalidad, pero no de usar dicha confusión en beneficio propio.

    Parece que la famosa frase del Dr. House, “Todo el mundo miente”, no va desencaminada. Hagamos, pues, una reflexión sobre el hecho de la mentira y la deshonestidad.

       De la biología aprendemos que los animales mienten. Adoptan posturas, colores o desarrollan pelajes que les permiten esconderse, atacar a un depredador o parecer más atractivo a una posible pareja. De hecho, los seres humanos nos ayudamos de diferentes ornamentos y pinturas para parecer más jóvenes, saludables y atractivos. Los trabajos de Robert Trivers nos cuentan que el éxito reproductivo depende de la percepción de la hembra de que tan buen inversor como padre es el macho, de los conflictos entre los hijos y éstos con sus padres y como inconscientemente, cada uno juega sus cartas. Y uno de sus trabajos más famosos, “El autoengaño al servicio del engaño”, que nos cuenta como nos engañamos a nosotros mismos para lograr que otros nos crean. La mentira y el engaño tienen, por tanto, una doble función: la supervivencia del individuo y la procreación. Es lógico que la selección natural mantenga esos comportamientos en nuestros genes. Los individuos que lograban engañar y de esa manera sobrevivir, dejaron hijos que hicieron lo mismo para, a su vez, sobrevivir y tener más hijos.

        Pero, ¿somos conscientes de esos comportamientos? Probablemente no. La mayoría de los comportamientos de engaño son procesos inconscientes. Una chica que se pinta los ojos no los hace para que parezcan más grandes, o no se perfila el labio para que parezca más grande o no se pone color en las mejillas para parecer más sana y, por tanto, más fértil. No. Lo hace porque está más guapa, independientemente de los objetivos finales de esa “guapura”.

        Nos pueden argumentar que alguno de los personajes que aparecen últimamente en la televisión eran, y mucho, conscientes de los que estaban haciendo. Por supuesto, así es. Nuestra teoría es que el engaño y la mentira son producto de la selección natural y que la mayoría de las veces se debe a procesos inconscientes. No calculamos los beneficios y los costes de una mentira de marea fría y matemática. Funcionamos de otra manera.

        La economía conductual ha tratado de poner un poco de luz al asunto de la honradez. Y uno de los resultados que se repiten, experimento a experimento, es que, si tenemos ocasión de mentir y con ello obtener un beneficio, mentimos. Pero solo un poquito. De hecho, la probabilidad de ser descubierto no tiene influencia en la magnitud del engaño. Los psicólogos hablan de “el factor tolerancia”: El comportamiento esta impulsado por dos motivaciones. Por un lado, todos queremos ser honrados, sinceros. Y por otro, también queremos sacar beneficio. Y nos cuentan que si aumentamos la distancia psicológica entre una acción deshonesta y sus consecuencias, aumentamos el factor tolerancia, y por tanto, mentiremos más. Si racionalizamos nuestros deseos egoístas, aumenta nuestro factor tolerancia. Y además, ciertos incentivos pueden hacer que el profesional más honrado del mundo deje de serlo.

        Según esto, la solución a la corrupción sería una justicia rápida, más transparencia y control de los incentivos, que los cargos públicos pueden recibir. Es posible, pero los datos demuestran que la transparencia no es la panacea. De hecho, si a la transparencia se le suma un conflicto de interés, se tiende a engañar más.

        Existen más factores que aumentan la probabilidad de engañar y algunas pocas que la reducen, entre ellas los recordatorios morales, las promesas públicas y la supervisión. Nosotros le proponemos un par de ellas más.

  • Esté atento a las pequeñas mentiras, a las que dice y a las que sufre. Son las que le afectan la mayor parte del tiempo.
  • Desarrolle habilidades de pensamiento crítico. En un mundo en el que la información se manipula para crear opinión interesada, analizar las cosas correctamente le permitirá tomar mejores decisiones.
  • No vea la televisión. No sólo es la mayor fuente de mentiras y manipulación, sino que genera modelos vitales, de relación y de pareja que nada tiene que ver con la realidad (sin hablar del efecto negativo sobre la sexualidad en parejas jóvenes).
  • Practique su religión. Todas ellas están en contra de la mentira. Si no le gusta ninguna, practique budismo.

       Centrarnos en los políticos, en los famosos, en aquellas personas que no tocamos, solo incrementa el efecto tolerancia. Y una vida honesta empieza con uno mismo, con lo que se cree, lo que se siente y actuar en consecuencia.

jueves, 14 de febrero de 2013

CUESTIONES DE ORDEN.


        Parece que se nos olvida, frecuentemente, que en la vida hay reglas, muchas de ellas no escritas.  Una de ellas es, en palabras de una conocida película, que “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”. Y se nos olvida que el tiempo biológico, el psicológico y el geológico son completamente diferentes.

        Nuestros actos tienen consecuencias. En algunos casos son internas, difíciles de predecir. Vivir con elevados niveles de estrés – que se trasmite en conductas poco eficaces -  puede generar que nuestro organismo esté lleno de catecolaminas y corticoides, que poco a poco van generando un proceso de ateroesclerosis que puede acabar en un infarto.  Otras son visibles. En un enfado, expresamos sentimientos y lanzamos toda nuestra artillería contra la persona u objeto foco de nuestro enfado. Y no nos paramos a pensar las consecuencias de este enfado.

        ¿Qué es lo que sucede realmente? La realidad es que nuestra conciencia no es tan buena. Algunos psicólogos experimentales piensan que, de hecho, es un epifenómeno, es decir, una cualidad emergente, que no tiene un objetivo y que simplemente surge de la propia actividad de la mente. Y afirman que esto es así porque ¿qué es primero? ¿La emoción o la interpretación que hacemos de ella? Somos conscientes de los productos de nuestra mente, pero no de los procesos que llevan a esos productos.

        Las principales áreas de nuestra inconsciencia son cuatro. No sabemos quienes somos realmente, no sabemos por qué hacemos lo que hacemos, no sabemos cómo nos sentimos y no sabemos predecir cómo nos sentiremos. Y este fenómeno se produce por un asunto tremendamente sencillo: nuestros sentidos y nuestro cerebro procesan alrededor de once millones de unidades de información. Y una actividad consciente como leer necesita alrededor de cincuenta unidades de información.  Además, nos cuesta reconocer la influencia de nuestros procesos inconscientes en nuestro comportamiento, cuando es fácil demostrar lo lejos que está nuestro discurso – cómo justificamos nuestra conducta – y los motivos reales de ella.  Y tampoco queremos aceptar que nuestros procesos de pensamiento son irracionales y están repletos de sesgos cognitivos, que también son fáciles de probar.

        Esa diferencia entre el self (el concepto de uno mismo) declarativo – lo que decimos de nosotros mismos – y el self inconsciente se puede medir. Un test de personalidad clásico mide nuestra parte declarativa, las narrativas que nos contamos a nosotros mismos, cuya función es integrar cada parte de nosotros en un todo coherente. Y existen pruebas como las “si…- entonces…”  que miden nuestro comportamiento en un momento dado que  nos permiten inferir nuestro inconsciente adaptativo. Y,  en ocasiones, la distancia entre ambos “yoes” es abismal. Por eso, todos tenemos la experiencia de fracasar al intentar lograr una meta, como dejar de fumar, no picar entre horas, llevar correctamente la medicación en una enfermedad crónica. O queremos decir qué deseamos y cómo nos sentimos y terminamos en una discusión, los que se dejan llevar por la ira, siguen dejando el control de su conducta a la ira, a la persona triste, la dejadez y la tristeza le gana cada día más terreno o mantenemos formas de ver el mundo completamente disfuncionales. ¿Qué podemos hacer para salir de éstos círculos viciosos?

        Richard Taleb – autor de “El cisne Negro” - y Timothy Wilson – autor de “Strangers to ourselves” – demostraron que aquellas personas cuya distancia entre su “yo declarativo” y su “yo no consciente” era menor, presentaban un mejor ajuste psicológico. Por tanto, el objetivo debe ser reducir la distancia, autoconocernos, y saber qué es lo que realmente nos motiva, cómo somos, cuáles son nuestros gustos y qué cosas nos hacen sufrir, cómo nos influyen nuestras emociones y según qué decisiones tomemos, cómo nos sentiremos. Dejar de autojustificarnos y tomar la responsabilidad de nuestras vidas. Para ello, tenemos a nuestro alcance numerosos recursos como el Coaching, la terapia o la formación en habilidades.

        En Prossem ofrecemos herramientas formativas que tiene en cuenta el orden natural. Queremos que las personas que participan en nuestros talleres salgan de ellos con los conocimientos y las estrategias necesarias para iniciar el cambio que deseen. Y sobre todo, que tengan un respaldo experimental. Para que del grito que hoy damos en el vacío, mañana tan solo quede el eco.

 

viernes, 8 de febrero de 2013

LA MODA DE LAS FRASES BONITAS.


         La empresa Real Time Report afirmaba que el número de usuarios de la principal red social, en agosto de 2012, era de 955 millones de usuarios. En España, en Julio de 2011, el número de registros era de  14.323.000 registros. Si cada registro fuera una persona, estaríamos hablando del 31% de la población. Un porcentaje nada desdeñable para tomar el pulso a la realidad.

        Y la realidad es que, además de personas físicas, en las redes estamos las empresas, grupos, asociaciones y casi todo aquello que podamos imaginar. Y se ha puesto de moda el juntar frases positivas, de ánimo, muy bonitas, con imágenes poéticas, a veces impactantes. Y es verdad que muchas veces motiva, y mucho, ver este tipo de imágenes y frases. Y logran producirte una sonrisa llena de cariño y de bondad. Pero…

         Pero hoy queremos hablar del sufrimiento humano, de aquellas personas que no son capaces de alegrarse ante la imagen de un niño pequeño acariciando a un gato, que cualquier dicho de Marco Aurelio, Séneca, Jesús, Marx, Buda o quien sea, no le dice absolutamente nada. Personas que no disfrutan de las pequeñas cosas y que su mente está ocupada por la preocupación constante, por pensamientos que no pueden controlar, no aceptan como parte de sí mismos y sufren cada día porque les afecta a sus relaciones, a su rendimiento laboral y a su bienestar.

        Este sufrimiento es un problema que no se resuelve fácilmente. Y es aquí donde aparecen personas que se aprovechan de la buena voluntad, de la necesidad humana de sentirse bien. Y bajo una foto retocada y una frase poco original, te venden soluciones y curas sin ningún fundamento o que están más interesadas en el negocio que en la salud.

        No vamos a entrar a criticar si las terapias de un tipo o de otro son científicas, sanan o no. Pero sí que nos parece un auténtico timo que desde televisiones generalistas se promueva la comunicación con “el más allá”, los difuntos y les dé para hacer una gira de teatros por España. O que un conocido impulsor de la PNL en España realice conferencias y cursos sobre la vida, la muerte y la vida después.  No sabemos después de qué…

          De hecho, si pensamos con un poco de frialdad, y analizamos cómo nos venden el coaching (como el arte de hacer las preguntas adecuadas), lo comparan con la mayéutica: el método socrático. Nos debería dar pena y caérsenos la cara de vergüenza a los profesionales que nos dedicamos a la ayuda. ¿No hemos encontrado otra manera, otras formas de proceder y de hacer las cosas en 2.500 años?

         Por suerte, siempre encontramos auténticos profesionales. Lo que los distingue de los charlatanes es que no tienen tiempo para estar apasionados con que el fulano tal viene a impartir trescientas certificaciones internacionales en algo. Todo lo contrario: sabe a quién tiene que ver, con quien hablar y si se acerca a uno de estos gurús es para hacerse una foto que le ayude a llegar a más gente. El verdadero profesional no pierde el tiempo en los medios de comunicación. Dedica el justo y necesario para entablar un mínimo de comunicación – es lo que pretendemos con este blog semanal – con personas lejanas, a quienes no conoce. Una persona que está en la radio o en la televisión cada día, no dedica ese tiempo a estudiar, a buscar soluciones, y por tanto, se ha quedado en una zona de conocimiento en el que se encuentra seguro. Y por ello, lo vende.

        Lo que diferencia a un buen profesional es, primero, que está enamorado de su trabajo. Siente pasión por él y lo trasmite. Quiere mejorar sus resultados constantemente, de manera que busca respuestas, estudia, compara y cambia sus procedimientos. Trata de adaptar protocolos eficaces a la individualidad de la persona que tiene delante, para garantizar el buen fin. El buen profesional se rige por el principio de la autonomía, de manera que evita el paternalismo. Si cree, fundadamente, que ha de decirte algo que no te gusta, te lo dirá.

         Si sufres, si en tu vida hay demasiada insatisfacción, busca, fundadamente, a un profesional, no solo con títulos o certificaciones. Busca a una persona que, sobre todo, adore a lo que se dedica y sueñe, día a día, con resolver problemas. Aunque sus frases no sean bonitas.

jueves, 31 de enero de 2013

PARA TODA LA VIDA.


“El hombre bueno será siempre un principiante”.
Marco Aurelio.

        En Psicología y en Coaching se habla mucho del inconsciente. Y desgraciadamente es un término que no se aclara y que da lugar a malentendidos, una especie de cajón desastre, una denominación bajo la cual metemos lo que sea dado que no se puede demostrar o investigar, y un argumento utilizado por los que, jugando con la salud de las personas y su buena voluntad, hacen negocio y dinero.

         Que el inconsciente existe es algo que no podemos dudar. Nuestros sentidos reciben y envían a nuestro cerebro aproximadamente once millones de unidades de información por segundo y nuestra consciencia tramita unas cuarenta. De hecho, nuestra memoria de trabajo a corto plazo ha sido definida como “el maravilloso número 7 más menos 2” por la dificultad que tenemos las personas de recordar series de letras o números mayores a 9 cifras, y el siete la media en la ejecución de tareas de este tipo. Que a nivel motor – nuestros movimientos -, lingüístico y sensorial la mayoría de los procesos son inconscientes es un hecho. Pero, ¿cómo podemos definir el inconsciente?

        El inconsciente agrupa todos aquellos procesos mentales que son inaccesibles a nuestra conciencia pero que influyen en nuestros juicios, pensamientos, sentimientos y conductas. Sus funciones principales son detectar patrones en el medio en que vivimos, actuar de filtro sobre aquello que captan nuestros sentidos, interpreta el comportamiento de otros, evalúa mediante las emociones el medio y a los demás, y puede tener objetivos diferentes a los que conscientemente afirmamos tener. Aquí cabe preguntar cómo el inconsciente decide qué información selecciona, cómo interpreta y evalúa y qué objetivos nos van a poner en marcha. Algunas teorías afirman que el inconsciente decide según el grado de exactitud de la información para representar el medio. Otras hablan de la accesibilidad – se quedaría con la información “más a mano” –, también tenemos las teorías de Freud, con las derivaciones que ha hecho la Gestalt. Nosotros pensamos que el sistema consciente – inconsciente es el fundamento del sistema inmunológico mental: nuestro deseo de sentirnos bien es universal y lo que nos hace sentirnos bien depende de nuestra educación y cultura. El deseo no está en nuestra cabeza constantemente, pero sí aquello que lo satisface.

        Para aclarar un poquito más qué es el inconsciente, lo vamos a comparar con la conciencia. Los procesos no concientes dependen de múltiples módulos mentales, detecta patrones automáticamente, trabaja con información del “aquí y ahora”, es automático (es decir, es rápido, inintencionado, incontrolable y no requiere esfuerzo), es rígido (difícil de cambiar), es precoz y es sensible a la información negativa. La conciencia es un solo proceso, no detecta patrones sino que analiza elemento a elemento, se encarga de la planificación o de conectar con el pasado, es controlable, aparece lentamente en la infancia y es sensible a la información positiva.

       De todo lo anterior se deduce que si queremos mantener nuestro sistema  inmunológico mental tenemos que aprender, como si cada día fuésemos principiantes, a saber quienes somos, saber por qué actuamos como actuamos, por qué sentimos actualmente una serie de emociones y cómo nos sentiremos en el futuro, y con toda esta información, narrarnos a nosotros mismos las historias de nuestras vidas, ponerlas en contexto y valorarlas de forma que el bienestar psicológico se mantenga.

          Sin embargo, a veces podemos encontrar muestras de cómo no se debe proceder. Un ejemplo. Al comienzo de la crisis financiera, muchos empleados de empresas financieras confiaban ciegamente en los modelos matemáticos y en las teorías de selección de carteras y de inversiones, aunque no los entendiesen. Esta confianza contribuyó a un aumento de la ignorancia de los riesgos reales para la economía. Pero un ejemplo menos ético fue lo que pasó en España. Durante años, basados en la confianza con el director de la sucursal del banco o caja, se colocaron productos financieros como participaciones preferentes, contratos de venta de opciones, derivados y estructurados… que ni ellos mismos entendían, sólo porque los jefes de turno era lo que exigían.

          Estos ejemplos han dado lugar a la teoría de la organización  basada en la estupidez. Una organización estúpida es aquella en la que no hay reflexión crítica y se margina a quien ponga en duda a los mandos. De hecho, se bloquean las acciones comunicativas de aquellos que no piensan igual. Y ¿Cómo? Mediante discursos, manipulando símbolos, con historias sobre éxito, desarrollo personal, responsabilidad corporativa… es decir, explotando los mecanismos del inconsciente. Si no tienes información negativa (no percibes que corras algún riesgo si actúas como te piden), te inundan con discursos triunfalistas, generan sentimientos de valía o autonomía pero al mismo tiempo los anulan (piensen en la autonomía que tiene un asalariado en sus objetivos o en sus modos de proceder para lograrlos). Y lo peor, es que algunas investigaciones demuestran que a corto plazo, las organizaciones estúpidas aumentan la productividad. Se necesitan robots, no personas que piensen, sientan y actúen.

        El precio que se paga es insatisfacción, hastío, niveles de estrés inhabilitantes, crecimiento de los trastornos emocionales como la depresión, problemas de pareja por el exceso de dedicación al trabajo y no a la familia…

        A nuestro inconsciente no le importa saber la verdad. Le importa sobrevivir y que psicológicamente tengamos un estado de bienestar personal. Dejarle que él decida, es un riesgo que no podemos asumir. Intentar ser conscientes de todo, nos volvería locos. Encontrar el equilibrio entre ambos, es una tarea continua y para siempre, que rompe las cadenas de malestar y libera recursos para afrontar la vida. Es, en definitiva, el fundamento de toda terapia y de todo proceso de Coaching.

jueves, 24 de enero de 2013

LA EVOLUCIÓN DEL TRABAJO


          Nuestros padres han vivido una época diferente a la que nos toca. Ciertas ideas políticas, vendidas como verdades económicas, nos han llevado a un cambio en la concepción de las relaciones laborales y de lo que es trabajo.

           El modelo que hemos conocido y para el que los estudios universitarios tradicionales están enfocados, tenían como objetivo que la persona que empezaba a trabajar en una empresa, lo iba a hacer en ella toda la vida. La empresa significaba mucho más que un trabajo. La empresa era un modo de vida, un conjunto de valores y relaciones personales y sobre todo, un conjunto de tareas que daban sentido a la vida. Las personas se definían por su trabajo: “Soy arquitecto”, “soy empleado de banca”, “soy albañil”.

            Sin embargo, la realidad presente dista mucho de la de nuestros padres. Ninguno de nosotros vamos a estar toda la vida laboral en la misma empresa. Si tienes menos de 35 años, lo más probable es que hayas pasado por varias empresas. Los contratos y los sistemas legales y de planificación social promueven el cambio y la movilidad. Los ideólogos del Management – término inglés con el que se denomina la teoría y práctica de la dirección de empresas – nos han querido hacer creer que era lo mejor, que era bueno, y que así lograríamos mayores índices de productividad. Dichos ideólogos han vinculado productividad con bienestar, mostrando un desconocimiento profundo de la psicología humana. Para ellos, estamos programados para triunfar. Se nos vende la necesidad de realizarnos a través de la actividad laboral, de reinventarnos cada día, de gestionar nuestras relaciones personales para lograr nuestros objetivos, y nos invitan, con discursos eficaces, a convertirnos en líderes y en triunfadores tanto en la vida laboral como en la personal. Vivimos en una cultura de lo inmediato, y los trabajadores están obligados a ejercer su función con una urgencia permanente para aumentar su eficacia. Hoy los trabajadores se enfrentan cada vez más a la angustia, a la impotencia que surge de la inestabilidad permanente y a que la crisis se haya convertido en la coartada perfecta para justificar las decisiones equivocadas, contradictorias y sin fundamento de las empresas y los gobiernos.

          Pero intentemos poner un poco de orden. ¿Qué entendemos por triunfo? Si nos paramos a preguntar a 20 personas, obtendremos igual número de definiciones, todas ellas diferentes. Lo que para nosotros es el éxito o la excelencia, no tiene por qué coincidir con lo que es para un actor de televisión, un periodista o un albañil oficial de primera. Y es así porque no estamos programados para triunfar. Estamos programados para sobrevivir, evitar el dolor, el hambre y el frío y acercarnos al placer. No todos estamos hechos para ser líderes y dirigir grandes equipos. “Guardiolas” o “Mourinhos” hay pocos. Una primera reflexión: el éxito es diferente para cada uno. Por tanto, valorarlo depende del guión que hemos escrito para la película de nuestra vida.

          Una segunda reflexión es si existen “recetas” útiles para todo el mundo, cuando desde el punto de vista existencial cada uno tenemos una historia única y específica. Es decir, si yo tomo un libro de autoayuda, ¿las recetas ahí expuestas nos servirán a nosotros como a su autor? Los autores de “El gorila invisible” nos alertan sobre la falta de datos que confirmen la viabilidad de muchas de las estrategias de dirección de empresas así como de autoayuda. Lo más que encuentran es correlación, pero también correlacionan otras cosas tan absurdas como las cigüeñas y los nacimientos. Y, sinceramente, tener la capacidad de despedir a los empleados sin que le cueste a la empresa no es ningún avance. No es necesario una carrera universitaria para ello. Basta con mirar la historia de la revolución industrial.

            Dado que no podemos dejar en manos de las empresas actuales nuestro futuro y que el camino del trabajo pasa por el autoempleo, debemos asentar las bases de un proyecto de vida. Esto supone que cada uno tiene la responsabilidad de motivarse, de formarse y de su propia jubilación.

           Es necesario desarrollar mentalidad de autónomos, estemos en la empresa en la que estemos. Y responsabilizarnos de nuestras propias vidas. Confiar en la empresa, en sus valores (solo tiene uno: dar valor a los accionistas y especialmente a los consejeros de administración que son los que más cobran) es un riesgo que no nos podemos permitir. No podemos abandonar nuestro crecimiento personal. De él va a depender nuestro futuro. O construimos cada uno nuestro sueño, o nos despertarán amargamente.

jueves, 17 de enero de 2013

FLUIR


“Corro y persigo ardillas, luego existo”.
El perro de Martin Seligman.

            Hace 37 años, Martin Seligman publico su trabajo “Indefensión aprendida” y su relación con la depresión. Uno de los experimentos que Seligman realizaba, resumido, consistía en introducir animales en una caja de Skinner – un aparato que permite dispensar premios en forma de comida o castigos en forma de descarga eléctrica – en los que se castigaba a los animales de forma no contingente, de manera que el animal, hiciese o lo que hiciese, nunca podía predecir cuando se le iba a castigar. El no ser capaces de predecir los resultados de su comportamiento y escapar del castigo, provocaba déficits emocionales, cognitivos y motores. Y se aplicó este conocimiento a la forma de ver el mundo que tienen las personas con depresión, dado que los síntomas de la depresión son los mismos que genera la indefensión: emocionalmente, la depresión es tristeza, falta de interés o capacidad de disfrutar actividades placenteras; cognitivamente, sentimientos de inutilidad, indecisión y dificultad para pensar y concentrarse; a nivel motor, enlentecimiento en general, fatiga o pérdida de energía. Algunos pierden incluso peso.

             Desde 1990 Seligman trabaja lo que conocemos como Psicología Positiva. Algunas personas, incluso profesionales de la psicoterapia, la confunden con el pensamiento positivo, con los mensajes de ánimo voluntaristas. Parece necesario ser felices, estar bien, mejorar constantemente, lograr objetivos constantemente, vivir una vida excepcional, con una familia perfecta, ser supermujeres o superhombres… Pero el pensamiento positivo tiene el peligro de generar más malestar, más estrés, porque no todos logramos sonreír cada día, amar cada hora, no enfadarse y alcanzar cada meta.

        Los fundamentos de la Psicología positiva son los mismos que los de la psicopatología. Se trata de encontrar aquellos patrones, criterios, procesos que nos ayudan a llevar una vida más plena, que nos acercan a la felicidad. Igual que existe una serie de criterios para diagnosticar la depresión, debemos encontrar los que diagnostican la felicidad.  Y la ciencia nos ha regalado una serie de conocimientos que nos pueden ayudar a aumentar nuestra calidad de vida.

           Hoy en día sabemos que el dinero no es tan importante. En Estados Unidos estudian casi todo. Una de las cosas que han registrado son los niveles de felicidad de la población desde los años 60. Y éstos no han variado. Sin embargo, los índices económicos han crecido. En la crisis en la que vivimos desde 2007, es cierto que los niveles de satisfacción han bajado. Y he ahí el quid de la cuestión. Han crecido los índices de trastornos como a depresión y la ansiedad. Antes de la crisis, teníamos atajos para lograr placer, podíamos comprar drogas, sexo, comida, bebida. Y hemos descuidado el desarrollo personal y el sentido de la vida. Cuando nos ha faltado dinero, nos hemos quedado sin recursos para alcanzar metas y disfrutarlas. La vida ha sido demasiado fácil y ahora es demasiado difícil. Y se ha puesto el foco en las personas, no en los grupos, dejando de lado la familia, los amigos. En consulta, una de las preguntas que hacemos en la primera entrevista es si la persona cuenta con un grupo de amigos más o menos estable con los que planificar salidas. Y la respuesta, la mayoría de las veces, es que no.

            Pero Seligman sale a nuestro rescate y nos da una pequeña receta para vivir algo mejor. Él habla de tres niveles de vida. El primero de ellos es la vida placentera. Se trata de llenar la vida con conductas placenteras y aprender a disfrutarlos, saborearlos, recordarlos. Una técnica que nos puede ayudar a ello es la práctica de la meditación, el estar aquí y ahora nos permite sacar toda la enjundia a una buena comida o a una simple pasa.

            El segundo nivel es la buena vida. La buena vida no son Ferraris y casas de lujo. No. La buena vida es Fluir. Es conocer las propias capacidades y talentos y ponerlos en práctica cada vez que uno puede. Es organizar la vida entorno a las capacidades con tareas que sean retadoras. Si has vivido la sensación de hacer algo, estar completamente concentrado, sin conciencia del tiempo, y cuando acabas, estás agotado pero tremendamente satisfecho, entonces has fluido. Y el nivel de satisfacción propia depende del número de veces que somos capaces de fluir. Es por ello que si te gusta el teatro, incrementa tus capacidades interpretativas, busca todas las oportunidades de actuar y actuar, de mejorar, de práctica esforzada… y fluirás encima de un escenario. Es lo que piensa el perro de este gran psicólogo.

             El tercer nivel es dotar de sentido a la vida. Poner tus virtudes y talentos al servicio de algo que creas que es más grande que tú. Puede ser tu país, tu familia, una iglesia… pero busca el sentido de la vida y la encontrarás cualquier manera para satisfacerlo.

            Actividades placenteras vividas con atención plena, Fluir realizando tareas retadoras al nivel de nuestras capacidades y dotar de sentido a nuestra vida. Un programa para la calidad de vida alcanzable por todos y cada uno de nosotros. Y lo mejor, a diferencia de lo que nos produce infelicidad, es que depende de nosotros mismos.