jueves, 17 de enero de 2013

FLUIR


“Corro y persigo ardillas, luego existo”.
El perro de Martin Seligman.

            Hace 37 años, Martin Seligman publico su trabajo “Indefensión aprendida” y su relación con la depresión. Uno de los experimentos que Seligman realizaba, resumido, consistía en introducir animales en una caja de Skinner – un aparato que permite dispensar premios en forma de comida o castigos en forma de descarga eléctrica – en los que se castigaba a los animales de forma no contingente, de manera que el animal, hiciese o lo que hiciese, nunca podía predecir cuando se le iba a castigar. El no ser capaces de predecir los resultados de su comportamiento y escapar del castigo, provocaba déficits emocionales, cognitivos y motores. Y se aplicó este conocimiento a la forma de ver el mundo que tienen las personas con depresión, dado que los síntomas de la depresión son los mismos que genera la indefensión: emocionalmente, la depresión es tristeza, falta de interés o capacidad de disfrutar actividades placenteras; cognitivamente, sentimientos de inutilidad, indecisión y dificultad para pensar y concentrarse; a nivel motor, enlentecimiento en general, fatiga o pérdida de energía. Algunos pierden incluso peso.

             Desde 1990 Seligman trabaja lo que conocemos como Psicología Positiva. Algunas personas, incluso profesionales de la psicoterapia, la confunden con el pensamiento positivo, con los mensajes de ánimo voluntaristas. Parece necesario ser felices, estar bien, mejorar constantemente, lograr objetivos constantemente, vivir una vida excepcional, con una familia perfecta, ser supermujeres o superhombres… Pero el pensamiento positivo tiene el peligro de generar más malestar, más estrés, porque no todos logramos sonreír cada día, amar cada hora, no enfadarse y alcanzar cada meta.

        Los fundamentos de la Psicología positiva son los mismos que los de la psicopatología. Se trata de encontrar aquellos patrones, criterios, procesos que nos ayudan a llevar una vida más plena, que nos acercan a la felicidad. Igual que existe una serie de criterios para diagnosticar la depresión, debemos encontrar los que diagnostican la felicidad.  Y la ciencia nos ha regalado una serie de conocimientos que nos pueden ayudar a aumentar nuestra calidad de vida.

           Hoy en día sabemos que el dinero no es tan importante. En Estados Unidos estudian casi todo. Una de las cosas que han registrado son los niveles de felicidad de la población desde los años 60. Y éstos no han variado. Sin embargo, los índices económicos han crecido. En la crisis en la que vivimos desde 2007, es cierto que los niveles de satisfacción han bajado. Y he ahí el quid de la cuestión. Han crecido los índices de trastornos como a depresión y la ansiedad. Antes de la crisis, teníamos atajos para lograr placer, podíamos comprar drogas, sexo, comida, bebida. Y hemos descuidado el desarrollo personal y el sentido de la vida. Cuando nos ha faltado dinero, nos hemos quedado sin recursos para alcanzar metas y disfrutarlas. La vida ha sido demasiado fácil y ahora es demasiado difícil. Y se ha puesto el foco en las personas, no en los grupos, dejando de lado la familia, los amigos. En consulta, una de las preguntas que hacemos en la primera entrevista es si la persona cuenta con un grupo de amigos más o menos estable con los que planificar salidas. Y la respuesta, la mayoría de las veces, es que no.

            Pero Seligman sale a nuestro rescate y nos da una pequeña receta para vivir algo mejor. Él habla de tres niveles de vida. El primero de ellos es la vida placentera. Se trata de llenar la vida con conductas placenteras y aprender a disfrutarlos, saborearlos, recordarlos. Una técnica que nos puede ayudar a ello es la práctica de la meditación, el estar aquí y ahora nos permite sacar toda la enjundia a una buena comida o a una simple pasa.

            El segundo nivel es la buena vida. La buena vida no son Ferraris y casas de lujo. No. La buena vida es Fluir. Es conocer las propias capacidades y talentos y ponerlos en práctica cada vez que uno puede. Es organizar la vida entorno a las capacidades con tareas que sean retadoras. Si has vivido la sensación de hacer algo, estar completamente concentrado, sin conciencia del tiempo, y cuando acabas, estás agotado pero tremendamente satisfecho, entonces has fluido. Y el nivel de satisfacción propia depende del número de veces que somos capaces de fluir. Es por ello que si te gusta el teatro, incrementa tus capacidades interpretativas, busca todas las oportunidades de actuar y actuar, de mejorar, de práctica esforzada… y fluirás encima de un escenario. Es lo que piensa el perro de este gran psicólogo.

             El tercer nivel es dotar de sentido a la vida. Poner tus virtudes y talentos al servicio de algo que creas que es más grande que tú. Puede ser tu país, tu familia, una iglesia… pero busca el sentido de la vida y la encontrarás cualquier manera para satisfacerlo.

            Actividades placenteras vividas con atención plena, Fluir realizando tareas retadoras al nivel de nuestras capacidades y dotar de sentido a nuestra vida. Un programa para la calidad de vida alcanzable por todos y cada uno de nosotros. Y lo mejor, a diferencia de lo que nos produce infelicidad, es que depende de nosotros mismos.

jueves, 10 de enero de 2013

INVERTIR EN NOSOTROS MISMOS


            Existen miles de pequeñas tareas, que no llevan más de veinte minutos diarios, que nos pueden llevar a mejorar nuestra calidad de vida. En estas líneas hemos recomendado la meditación, el desarrollo de habilidades mediante la práctica esforzada, e incluso el ejercicio físico. Sin embargo, a veces se nos olvida que la formación en valores es fundamental y que, posiblemente, sea el aspecto educativo o formativo menos tratado. Se habla mucho de valores pero no se nos dice cómo conocerlos, cómo adquirirlos – si es que se adquieren – o cómo desarrollarlos.

           Por ejemplo. Ser competente. El diccionario de la Real Academia de la Lengua define “competente”  como “tener competencia” y la segunda definición de competencia es “pericia, aptitud, idoneidad para hacer algo o intervenir en un asunto determinado”. Por tanto, ser competente significa saber hacer (pericia y aptitud) querer hacer y poder hacer (idoneidad). Nosotros queremos ser psicólogos y coaches competentes y por tanto, nuestra misión es adquirir conocimientos (psicología, psicoterapia, funcionamiento mental, en los niveles exigidos legalmente) desarrollar habilidades (escucha activa, pensamiento crítico, percepción social, toma de decisiones), un conjunto de aptitudes (sensibilidad ante los problemas, comprensión y expresión oral…) todo ello con el objetivo final de ser competentes en nuestra labor de ayuda a los demás.

            Cada uno de nosotros tiene  un conjunto de valores. Aunque ya de por sí es difícil definir qué es un valor, una definición que nos puede servir, es que los valores son principios que nos permiten orientar nuestro comportamiento. Otra definición es que son convicciones profundas que determinan la manera de ser y orientan el comportamiento. Si buscamos diferentes definiciones, siempre vamos a encontrar una referencia que nos permiten guiar nuestra manera de actuar. La pregunta importante es ¿de verdad existen esos valores? Y si así fuese, ¿por qué no son compartidos? ¿Qué nos ha hecho llegar tan lejos, como engañar a personas mayores para que inviertan su dinero en participaciones preferentes o decir que se van a llevar a cabo unas políticas y luego hacer otras, o no reconocer la posibilidad de una crisis financiera? ¿Son el director del banco o los políticos peores personas?

            En realidad, lo que sucede cuando achacamos la crisis moral, económica y laboral en la que vivimos a la falta de valores, es que cambiamos el foco de atención a un intangible, a algo que no se puede tocar, y por definición, cada uno tiene los suyos. Es caer en el grouchomarxismo: “Tengo estos principios, si no le gustan, tengo otros”.

            Las ciencias sociales nos están enseñando lo que nos pasa a los seres humanos. La biología nos enseña que los animales mienten y que los seres humanos engañamos y nos autoengañamos (y nadie diría que mentir es un valor). La economía conductual nos enseña que en grupo no somos mejores, ni más listos y ser sociable es un valor de moda, medible por los amigos que uno tiene en Facebook. El cognitivismo nos está enseñando que somos menos concientes de lo que nos gustaría y que nuestra voluntad es maleable en base a premios y castigos, incentivos a corto plazo… Y la fuerza de voluntad, la persistencia son valores admirados por todos. De hecho, admiramos a los deportistas por su esfuerzo, su entereza, su dedicación y si han pasado por una serie de dificultades antes de proclamarse campeones de algo, más se nos abre la boca por el asombro provocado por esa hazaña.


           Y los deportistas juegan con ventaja. En todos los deportes existen unas reglas definidas que permiten predecir el resultado final ajustándote a ellas. En la vida diaria, eso no ocurre, no hay reglas definidas, no hay faltas personales, penaltis o un tiempo limitado de juego. No. En la vida se juega cada segundo, y las reglas cambian de un día para otro.

             Éste es el verdadero problema. Debemos definir las reglas de juego. Algunas reglas son muy lejanas, no podemos influir en ellas, tales como códigos civiles, penales… otras son cercanas y son las que van a determinar nuestro éxito en la vida. Antes de buscar nuestros valores – y en 2013 tendremos tiempo para ello – vamos a marcas las líneas rojas, aquellas que no se pueden pasar.

          Por tanto, un buen ejercicio es ponerse “estándares”, patrones de medida para nuestro propio comportamiento. Qué queremos ser, cómo queremos ser. Volvemos al ejemplo del principio. Si queremos ser competentes, tendremos que invertir en formación, teórica y práctica, y dedicar muchas horas de trabajo a mejorar nuestras habilidades y actitudes.

        Cambiar las reglas del juego implica modificar las propias. Sólo desde la  autoexigencia, podremos pedir a los demás. Sólo mejorando nuestro pequeño entorno, podremos mejorar nuestro barrio, ciudad o país. Trabajar cada día por uno mismo, es una hazaña mayor que un mundial o dos eurocopas.

jueves, 3 de enero de 2013

PROPÓSITOS...MÁS PROPÓSITO


“Somos lo que somos porque primero
lo hemos imaginado”.
Donald Curtis.

             Este año vamos a combinar en el blog entradas en las que seguiremos explorando la realidad desde la Psicología y  el Coaching, con otras en las que propondremos ejercicios para practicar. Y como el tópico cada principio de año son los buenos propósitos, pues vamos con ellos.

         Casi todo el mundo tenemos sueños. Y de esos sueños derivamos objetivos, proyectos, planes… Sin embargo, algunas personas no tienen claro qué es lo que desean, y te dicen “sé lo que no quiero, pero no sé lo que quiero”. Comenzar por saber lo que uno no quiere es un poco extraño. Y más si tenemos en cuenta que a nuestro cerebro le cuesta trabajo procesar el “no”. Lo que no queremos no nos motiva, nos lleva a tomar acciones para lograr nada, tan sólo nos hace que lo evitemos o que huyamos. Por lo tanto, si queremos cambiar nuestras vidas a mejor, tenemos que empezar por saber qué deseamos, cuál es el producto final.

            Una vez que ya tengamos nuestro sueño definido, hay que tomar decisiones. En palabras de Tony Robbins: “No sólo tiene que decidir con qué resultados quiere comprometerse, sino también la clase de persona que se compromete a ser. Tiene que plantearse criterios para lo que considere un comportamiento aceptable para sí mismo y decidir qué debe esperar de aquellas personas que le importan”. Son tres las cosas sobre las que hay decidir: sobre qué prestamos atención (lo que ocupa nuestra mente determina nuestra calidad de vida y – nuestras conversaciones -), cómo interpretar las cosas y qué hacer para lograr la vida que deseamos.

         Podríamos decir que ya sabemos que tenemos que tomar decisiones, que el compromiso es fundamental, pero ¿y si seguimos sin saber dónde ir?

            Para empezar a crear un resultado, primero nos vamos a fijar en qué nos genera dolor, sufrimiento, y, también, en qué nos genera placer. Vamos con un ejercicio: escribe tres propósitos de año nuevo, de esos que nos  repetimos cada año y que ninguno hacemos. Después, escribimos debajo de cada uno de ellos la respuesta a la pregunta ¿por qué no lo he hecho? El tercer paso es anotar qué placer obtenemos no realizando esa acción que nos proponíamos. O, desde otro punto de vista, qué dolor estamos evitando. En cuarto lugar, nos responderemos a la pregunta ¿qué sucedería si no…? Y por último, imagina con todo lujo de detalle que sucederá cuando logres esa meta que te habías planteado.

            Un ejemplo. Dejar de fumar, que es una buena intención cada uno de enero. ¿Por qué no he dejado de fumar? ¿Qué placer me genera? Seguro que la respuesta es “me desestresa, me relaja…” y qué dolor evita, que probablemente sea “el mono” “la ansiedad”. ¿Qué sucedería si no dejo de fumar? Desarrollaré enfermedades cardiovasculares, problemas respiratorios, incluso un cáncer. Y si lo dejo, sin embargo, estaré sano, respiraré con más profundidad…

            Si queremos saber qué queremos, debemos fijarnos, por un lado, en aquello que nos gusta, que nos agrada, y por el otro, en lo que nos genera aversión. Como ya hemos dicho muchas veces, autoconocernos requiere esfuerzo y un poquito de observación. Podemos tomar nota de aquellas cosas con las que disfrutamos (bailar, salir con los amigos, charlar, leer, estudiar…) de aquellas cosas que nos gustan (un modelo de coche, una casa, ropa de una marca concreta…).

            Las emociones nos influyen, no somos tan racionales. Si queremos lograr metas, empecemos por comprender hacía qué nos acercamos y de qué nos alejamos. Y después, podremos crear sueños que nos motiven y nos den la energía mental suficiente para, cada día, dar un pasito en la mejora de nuestras vidas.

            Este año, uno de nuestros propósitos, es dejarles pequeñas píldoras para el cambio como las de hoy. Esperamos que les ayuden a alcanzar el cielo, las estrellas o aquello que sea su objetivo.

             ¡Feliz 2013!

jueves, 27 de diciembre de 2012

ECONOMÍA CONDUCTUAL


        Hace ya varias semanas que no hablamos de la crisis financiera y en unas fechas como estas, celebrando la Navidad, no vamos a amargar con malas noticias. Por el contrario, vamos a fijarnos en los aspectos positivos.

      El primero de ellos es que España, como demuestra Kike Vázquez en El Confidencial del 24/12/2012 es solvente, y que el problema que tiene es de liquidez. Lo curioso es que a las personas de calle les sucede lo mismo que al Estado. Son solventes. Una gran mayoría son capaces de generar recursos suficientes para devolver las deudas o están respaldadas por propiedades, negocios… Si no logramos generar esos recursos, la buena noticia es que sabemos que tenemos que cambiar nuestro modelo de negocio, ya sea empresarial o personal (en Prossem siempre hemos defendido que las personas debemos gestionarnos como si fuésemos empresas) y cambiar. La disposición a cambiar y actuar (a hacer cosas diferentes  para obtener resultados distintos), es una fuerza poco valorada por los analistas.

        Una segunda noticia es que los economistas empiezan a darse cuenta que la política de ajustes y austeridad no va a darnos grandes resultados.  Desde Adam Smith hasta la actualidad, pasando por Samuelson, Keynes, Phelps, la curva de Beveridge o los modelos estocásticos, ninguno ha estudiado el desempleo. Los modelos clásicos y neoclásicos, la escuela de Austria, tan defendida por algunos gestores de hedge funds, son mentira. Por ejemplo, no existe correlación estadística entre prestaciones por desempleo y tasa de paro de un país. E intentan que nos  creamos lo contrario. La buena noticia es que la economía tradicional no explica nada la crisis actual y no nos queda más remedio que buscar explicaciones alternativas. Y la segunda gran noticia es que cada vez son más las personas que aportan ideas y reclaman derechos, pero conscientes de sus obligaciones. Son pequeños pasitos para que cada uno tome la iniciativa sobre su vida y busque formación, cimientos para un análisis sereno de la realidad que nos ha tocado vivir, y, también serenamente, tomar las decisiones oportunas.

        Asistimos también al nacimiento de una ciencia prometedora, como es la Economía Conductual. Se basa en experimentos, no en modelos matemáticos. La mayor parte de las teorías económicas se basan en el principio de equilibrio y en la racionalidad humana. Y no tienen en cuenta el comportamiento real de las personas. No somos tan racionales, sino que estamos influidos por el ambiente en el que vivimos, por los demás, por nuestras motivaciones y nuestros deseos, o por creencias. La Economía Conductual toma una teoría económica, deriva qué comportamientos serían racionales en ese caso y los pone a prueba.  Y generalmente demuestra que actuamos de una manera muy, pero que muy diferente a cómo la economía tradicional nos dice. Lo bueno, es que la Economía Conductual pone el foco en las personas, en lo que realmente hacen, sienten y piensan. Esta manera de estudiar nuestra relación con el dinero aporta datos sobre cómo nos manipulan para que incrementos nuestros niveles de consumo, como nos hacen creer que hemos tomado una decisión racional cuando no es así, nos alerta de nuestros “fallos” de diseño – como no ir a comprar al supermercado antes del almuerzo o llenaremos nuestro carro de cosas que no necesitamos – y avisa de la manera en que nuestra mente nos pasa malas jugadas – como cuando estamos estresados que nuestro nivel de “defensa” baja, nuestros criterios de qué es aceptable o no se modifican. Por eso, algunas tiendas ponen música moderna a un volumen muy elevado. Como toda nueva ciencia, sus resultados aún son pocos, pero bien fundamentados. De hecho, uno ya cuenta con un premio Nobel, Daniel Kahneman, y su teoría de toma de decisiones. Poco a poco, se va teniendo un conjunto de conocimientos fiables y válidos que permitirán, en un tiempo no muy lejano, modificar los comportamientos económicos y financieros tanto de nosotros mismos, nuestras familias y grupos de referencia, como de políticas macroeconómicas y de gestión de recursos comunes. 

        El empuje individual, el mayor número de personas comprometidas con el cambio y el nacimiento de nuevos modos de pensar son buenas nuevas que generan un futuro ilusionante en el que el centro de todo sea el ser humano, las personas. Nosotros queremos seguir contándolo en estas líneas.

jueves, 20 de diciembre de 2012

LAS CONSECUENCIAS.


            Hemos dedicado dos semanas a autoconocernos, a cómo mejorar las historias que nos contamos a nosotros mismos. Y podemos llegar a preguntarnos, ¿tan importante es? Conocer cómo funciona nuestra mente nos permite prevenir errores, a veces, graves.

            Permitidnos contaros un caso, que hemos enlazado en nuestro boletín de noticias que enviamos cada quincena. En 1982, el vuelo 90 de Air Florida se estrelló contra un puente sobre el río Potomac. Fallecieron 74 personas y sobrevivieron 5. ¿Qué tiene que ver este horrible hecho con la psicología, con conocerse a sí mismo? El biólogo Robert Trivers analizó las conversaciones de la caja negra desde la perspectiva del autoengaño. Resulta que hacía demasiado frío y el avión, sus motores, estaban congelados. Se siguió un protocolo de deshielo, que no fue suficiente, dado que la nave tuvo problemas para salir a pista. Los pilotos decidieron maniobrar cerca de un DC9 – otro avión – con la ilusión que el calor de sus motores desharía el hielo de los del boeing del vuelo 90. Los gases derritieron la nieve de las alas, pero al alcanzar altura de vuelo, se congelaron. El capitán fue avisado por su segundo, los datos de las pantallas de control no correspondían con la realidad, pero decidieron seguir el vuelo. Al congelamiento de los motores contribuyó el retraso en tierra para despegar. El coste de una creencia irracional, de la inexperiencia de vuelo en las condiciones meteorológicas y de no escuchar a la tripulación fue demasiado alto. Dado que un autoengaño es una idea errónea de la realidad, una realidad de ficción, tiene altos costes sociales. Además del vuelo 90, el proceso mental ocurrió con el Challenger, ocurre en Guerras, como está ocurriendo en Siria, el mantenimiento de regímenes políticos no democráticos o la captación de personas en grandes sectas.

         Sin embargo en nuestra vida diaria tampoco podemos escapar del autoengaño. Algunas personas se encierran en una relación sentimental sabiendo que son maltratadas o que esta relación no les lleva a realizarse. Por un lado declaramos unos deseos y unos intereses, pero luego nuestro comportamiento va por otro lado. Y es que desgraciadamente, nuestra voluntad es más inconsciente de lo que nos gustaría creer. Nos enamoramos de nuestras ideas y aunque los hechos se empeñen en demostrar lo contrario, los doblamos para que coincidan con nuestro pensamiento. Y nuestro pensamiento es a posteriori. Cuando somos conscientes de lo que pensamos,  nuestro cerebro ha realizado miles de tareas, ha tomado miles de decisiones.

            Estamos convencidos, pero equivocados. Percibimos los sucesos aleatorios como si fueran causa- efecto (lo que da pie a teorías conspirativas como las del 11-M),  interpretamos mal los datos incompletos o damos valor a los que no son representativos. Por ejemplo, el precio de los pisos en la burbuja. Todo el mundo compraba barato y vendía caro y, en realidad, no había estudios sistemáticos sobre la evolución de precios. Nos basábamos en las opiniones de los que conocíamos. Como daba igual porque se vendía todo tarde o temprano, nadie se paró a analizar el fenómeno de los precios en España. Lo hemos hecho después, en medio de la crisis. Y nos ha salido caro. Demasiado. Los datos ambiguos o inconsistentes los doblamos para que confirmen lo que queremos. Otro ejemplo. ¿Les suenan los brotes verdes o “a finales del año que viene empezaremos a recuperarnos?

            Vemos lo que queremos ver, nos creemos lo que nos dicen o nos cuentan mucho más que analizar los datos y ajustamos nuestros comportamientos a lo que los demás esperan. En España existe una cadena de supermercados, que no gasta mucho dinero en publicidad, en televisión, que ha crecido a una velocidad impresionante. Parece un banco, tienen una sucursal en cada barrio. Su comunicación constante ha sido el buen trato a los empleados, precios bajos, inversión dentro del propio país… y ese discurso, esa historia, ha sido eficaz. Hoy día, todos compramos en esa cadena, al menos en las grandes ciudades. Sólo le ha hecho falta contarnos un par de buenas historias.

            Esta semana proponemos un ejercicio. ¿Cuál ha sido la última vez que he intentado justificar mi punto de vista en una discusión? ¿En qué datos me baso para juzgar algo o a alguien? y sobre todo ¿qué es lo que deseo? ¿Cuáles son mis intereses? ¿Está la balanza entre deseos y obligaciones equilibrada en mi vida?

            Por último, desearles a todos que pasen unas Felices Fiestas.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

CÓMO CONOCERNOS

            La semana pasa hablábamos de la dificultad de conocernos a nosotros mismos. Por suerte, no es una tarea imposible y podemos  utilizar estrategias que nos permiten contarnos a nosotros mismos historias de nuestra vida que resultan eficaces para resolver problemas. Veamos algunas recomendaciones.

Conoce tus verdaderos deseos. Nuestros deseos influyen en nuestro comportamiento. El problema es qué deseos, intenciones, apetencias… son inconscientes. Clarificarlos nos ayuda, por ejemplo, a evitar problemas. Pongamos un supuesto: los conflictos de interés. Un empleado de Banca que, para cumplir su objetivo anual y cobrar un bonus por ello, tiene que colocar un plan de pensiones y se lo vende a una persona de 60 años. Dentro de los deseos podemos incluir el miedo. Ese mismo empleado de banca que colocó participaciones preferentes a personas sin formación porque, de no hacerlo, le pueden despedir. O estar más tiempo en el puesto de trabajo para evitar la “charla” de un superior. Detrás de muchas emociones negativas, como el miedo, o la evitación del dolor, está un deseo encubierto. Descubrir qué es lo que nos mueve (emoción, del latín emovere, moverse hacia), es el primer paso para conocernos y actuar buscando resultados.

No tomes decisiones cuando estés cansado. Cuando estamos cansados o estresados tenemos todas las papeletas para equivocarnos. Un experimento sobre carga cognitiva demostró que caemos más fácilmente en la tentación en estos casos. Se trataba de recordar una serie de números (de dos dígitos o siete) que veías en una sala y después tenías que ir hasta otra a repetirlos. En medio del camino, te ofrecían una fruta saludable o pasteles de chocolate. Las personas que tenían que recordar el número con más dígitos eligieron el pastel y lo empezaron a comer en el momento. Lo mismo sucede con consumos tales como “ir de compras”. El objetivo de la música alta, ropa descolocada o una dependienta pegada a ti sin decirte una palabra, es generar estrés. Igual te vas agobiado… pero la mayoría de las personas acaban comprando, y eso es lo que cuenta para la tienda.

Cambiar una creencia no implica cambiar el comportamiento. Pregúntale a un fumador si cree que el tabaco le beneficia. Salvo que sea una persona con sus capacidades mentales limitadas, te dirá que no y no dejará de fumar. Las creencias influyen en nuestras actitudes, y nuestras actitudes en nuestras intenciones, pero no en nuestra conducta directamente. Por tanto, intenta modificar tus comportamientos, no tus creencias. Busca rutinas, hábitos saludables. El cambio en la manera de pensar ya llegará.

Planificar está bien, pero mantén planes de contingencia. Es importante saber a dónde vamos, qué queremos lograr, tener un foco en la vida y comprometerse con ello. Pero también es necesario conocer las reglas si/entonces. Tener presente el  “Si pasa esto, entonces ocurrirá aquello” te ayudará en tus decisiones importantes.

Mide tu comportamiento. Es, sin duda, la mejor manera de conocernos. Toma lápiz y papel y mide tu forma de actuar. Si te enfadas demasiado, mide cuándo, dónde, cómo, con quién te enfadas. Escribe qué haces específicamente en ese estado y apunta todas las consecuencias de ese comportamiento. O si estás triste,  qué es lo que te hacer sentir así. O cuando tienes la sensación de hacer una cosa y no lograr los resultados deseados. O cuando le das vueltas y vueltas a la cabeza. Escribe tu vida, detállala, específica hasta la mínima expresión… y revísalo a menudo. 

Sé consciente de tus estados de ánimo. Los estados de ánimo tiñen de su color nuestra manera de ver las cosas y de interpretarlas. Si estamos tristes, deprimidos, veremos las cosas negras, grises… si estamos enamorados, de colores vivos y brillantes y si estamos enfadados… bueno, no sabemos qué color tiene el enfado, pero sí que si predices tu futuro emocional cuando estás enfadado, te vas a equivocar. Los estados emocionales no duran mucho. No deben. Si lo hacen… busca un psicólogo.

Aprende cómo funcionan los errores mentales. El pensamiento crítico es la mejor defensa contra los engaños y la deshonestidad. Saber cómo funciona nuestra mente, cómo produce errores de pensamiento, reconocerlos y desactivarlos, te ahorrará muchos disgustos y discusiones.

Disfruta del estado presente, aquí y ahora. Lo más importante en la vida eres tú en este momento. Centra tu atención en el momento presente, en el aquí y en el ahora. Practica meditación. En torno a un mes de práctica, verás como te aceptas y cómo te reconoces.

            No sabemos cuánto vamos a vivir cada uno de nosotros. Pero la vida merece la pena cuando le ponemos salsa, pasión, compromiso. ¿A qué esperas para empezar? Conoce, conócete. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

AUTOENGAÑO


            Dan Ariely ha publicado un libro dedicado al estudio del engaño y el autoengaño desde el punto de vista de la Economía Conductual. El libro comienza haciendo una mención al caso Enron. Para recordarlo, Enron era la super empresa, modelo de cómo gestionar, de dónde invertir y sobre todo, modelo de contabilidad… creativa. Los mejores analistas recomendaban invertir en la empresa número uno, con mayor capitalización que Apple o General Motors. Un día, resultó que sólo había pérdidas y deudas y los planes de pensiones de los trabajadores habían quebrado. Ha sido el mayor fraude empresarial de la historia. Y arrastró a su desaparición a la empresa que auditaba las cuentas, Arthur Andersen, una de las cinco grandes ¿Nadie se dio cuenta desde 1996 hasta 2001? ¿Tampoco Citibank o JP Morgan Chase, que quedaron “pillados” con 23 mil millones de dólares?  Sólo un periodista se dio cuenta que algo pasaba. En 2002 todo el mundo sabía que Enron, la mayor empresa energética del mundo, la más innovadora según Financial Times de 1996 a 2000, caería.

            El oráculo de Delfos decía: “conócete a ti mismo”. Y va a ser que no. Que no es tan fácil. La neurología nos confirma que la variabilidad interna del cerebro es mayor que la variabilidad entre dos cerebros distintos.  

          No somos conscientes de nuestros procesos mentales. Daniel Kahneman distingue entre el sistema 1, racional, lento, que ocupa recursos, y el sistema 2, automático, rápido y eficaz. Pero, a veces, este sistema 2 comete errores de bulto. En estas líneas hemos comentado los sesgos mentales. 

         El autoengaño se ha estudiado en biología y psicología evolucionista. Robert Trivers aplica su teoría para explicar, en un accidente aéreo, la ceguera de los pilotos en la toma de decisiones.  Steven Pinker dedica un apartado entero en “Cómo funciona la mente”. Daniel Gilbert, en “Tropezarse con la felicidad”, nos cuenta como la racionalización es el mecanismo ideal para autoengañarnos. Siempre buscamos explicaciones a nuestro comportamiento, al de los demás… La filosofía, el psicoanálisis, la psicología cognitiva… todos tienen una teoría sobre el autoconocimiento. De hecho, existen trabajos brillantes como “Strangers to ourselves” de Timothy Wilson (2002), “The  new unconscious” editado por Ran Hassin, James Uleman y Jonh  Bargh (2005) y “The Illusion of conscious will” de Daniel Wegner (2002). Todos estos trabajos coinciden en resaltar que el inconsciente es importante, lo más importante, de nuestra vida mental, pero no es tan listo como Freud pensaba: es irracional, está profundamente influido por los objetivos evolutivos (supervivencia y reproducción), determina nuestro comportamiento más de lo que quisiéramos reconocer y sobre todo, es muy difícil de conocer.

       ¿Cómo nos conocemos? Nos contamos historias. Las personas hablamos de nosotros mismos, construimos una narración acerca de nuestro pasado, presente y futuro. La función principal de estas historias es generar una imagen de sí mismo coherente y estable en el tiempo, pero no tienen por qué coincidir con la realidad. De hecho, hagan la prueba. Graben una conversación e intenten recordar quién dijo qué, pasada una semana. Verán que los recuerdos no son tan exactos como pensamos. Y para autoconocernos, también nos contamos la historia de nuestra vida a nosotros mismos.  Una buena terapia consiste, muchas veces, en lograr mejores narraciones para afrontar los problemas personales.

            La base de la pobreza en el autoconocimiento es que los juicios, los intereses, los motivos  y los sentimientos ocurren fuera de nuestra mente consciente. Cuando los hacemos conscientes, los estamos modificando, evaluando y los adaptamos a nuestros valores declarados.   

            Y ¿Cómo nos afecta a nuestra vida diaria? Un ejemplo. JFK ganó las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos después de un debate televisivo. Su presencia física, su tono de voz, y su saber estar hicieron que muchas personas le votasen.

           Un efecto del autoengaño al servicio del engaño es el uso de maquillajes y cremas. Su función es resaltar la belleza, generando la percepción de un mayor grosor de los labios o los ojos más grandes (elementos vinculados a percibir a una mujer como más joven, y por tanto más atractiva). Pues bien,  pocas veces nos dicen que se maquillan para tal fin, sino que lo hacen para “sentirse bien”. Una consecuencia de esto es que el 45% de los anuncios de televisión van dirigidos al consumo de cremas hidratantes, anti envejecimiento, brillo de labios, alargadores de pestañas…

           Hay casos más complicados de ver: una discusión de pareja porque tu dijiste o yo dije y que recordamos perfectamente, un divorcio porque la persona con la que estoy no es lo que esperaba cuando éramos novios, trabajar horas extra para sentirnos imprescindibles o creer que un maltratador va a cambiar por sí solo. 

            Esperamos que las líneas de hoy ayuden a abrir una reflexión personal, a pensar si la última vez que discutí con un cliente, un jefe, mi pareja, solucioné un problema, o tan solo estaba obcecado con la ilusión del autoconocimiento. Si lo logramos, estaremos en el buen camino de crear narrativas personales eficaces que mejoren nuestras vidas. Para las otras, ya están las malas noticias cada mañana.